Mi viejo
reloj de cuco
Santiago miró su reloj de cuco, lo único que
aún le despertaba algún recuerdo. No recordaba a sus hijos, ni a su difunta
mujer, toda una vida perdida en un agujero provocado por el maldito Alzheimer.
Lo único que aún no había caído en las insondables profundidades de aquel hoyo
mental era aquel reloj. Y no solo había sobrevivido a la caída si no que le
ayudaba a recuperar otros. Por ejemplo aquel reloj le traía a la memoria el
nacimiento de su hijo cuyo nombre era… Luis, sí eso era. Sonrió al saber el nombre
de su primogénito que hacía años se había largado para hacer su propia vida. El
cuco salió de su escondite y cantó señalando que eran las once, eso le hacía
evocar otra cosa, el nacimiento de su segunda hija a esa misma hora. ¡Cómo
lloró por aquel entonces de la alegría! El pájaro de madera encerrado en
aquella casa había sido testigo de casi todos sus buenos momentos. Lo descolgó
de la pared para limpiarle el polvo y sacarle brillo a la esfera. Quería aquel
aparato, es más, lo necesitaba tanto como un náufrago necesitaba un salvavidas
en un embravecido mar. Lo colgó una vez limpio en su habitual lugar de reposo y
se fue a dormir.
Al despertar saboreando los momentos felices
que le traería su preciado objeto se extrañó de no escuchar su canto a la hora
marcada. Buscó desesperado en todos los sitios porque no estaba donde lo había
colgado la noche anterior. Aterrorizado temió haber perdido también eso, la
cuerda con la que descendía al oscuro pozo de su memoria para rescatar viejas
imágenes del pasado. Siguió examinando cada rincón de la casa, pero no
aparecía. Una idea iluminó su mente y se dirigió al sótano, su cabeza ya no era
lo que fue y posiblemente lo habría dejado allí. Y efectivamente lo encontró.
Suspiró aliviado y lo cogió en brazos con un cariño casi paternal.
-Nunca más me vuelvas a hacer esto-le dijo a
modo de regañina como si el reloj tuviese la culpa.
Lo colgó otra vez en frente de su sillón y se
sentó a observarlo. Más recuerdos eran rescatados de las insondables tinieblas
que era ahora su mente. Se veía a sí mismo de rodillas ante su difunta mujer
pidiéndole su mano en matrimonio. Se le escapó una carcajada casi infantil al
verse correr huyendo de la finca de un ricachón con una sandía bajo el brazo.
Buenos y grandes momentos que terminaban ahogados en las cada vez más grandes
lagunas de su cabeza. Lloró amargamente por la realidad de este hecho, sentía
que le quedaba poco tiempo de vida y no tenía ni siquiera imágenes que añorar.
Solo ese animal de caoba. Pensó en llamar a su hijo pero no recordaba su nombre
ni su número, ni siquiera tenía la certeza de que fuese un hijo y no una hija.
Un mar de lágrimas vertió por las cosas olvidadas, no soportaba vivir sin una
vida a la que mirar de vez en cuando, sin nada que extrañar excepto ese mueble que
le indicaba la hora. Cogió papel y un lápiz y se puso a escribir una carta,
cuando la terminó la puso en el pico del pajarito y así, envuelto en una
tristeza que ni siquiera el viejo reloj podría dispersar se acostó deseando que
todo volviese.
Al día siguiente se despertó sin saber donde
estaba. Esa no era su casa. Bajó hasta el salón andando en un hogar ajeno
viendo objetos pertenecientes a otras personas. Se paró un segundo observando
el reloj de cuco, creía reconocerlo a pesar de que sabía que era imposible.
Miró la hora, solo quedaban unos minutos para que el animal de madera saliese
de su escondrijo. Pero no iba a quedarse a verlo pues los dueños de la casa
podrían entrar y echarlo así que salió lo más rápido que sus ancianas piernas
le permitían. Las doce llegaron y el ave salió de su refugio con el papel en el
pico, pero por desgracia no había allí nadie para leer la nota.
Una semana después los hijos de Santiago
recogían las pertenencias de su difunto padre, que había huido de su propia
casa y había encontrado la muerte al perderse y encontrarse sin un lugar donde
refugiarse, sin nada de comer. Y así murió, sin fuerzas. Por suerte llevaba
encima una documentación que le identificaban como quien era y llamaron a sus
hijos. Y allí se encontraban siete días después cogiendo las cosas de su
progenitor. Se encontraban moviendo un enorme armario cuando el objeto más
preciado de Santiago marcó las tres, la misma hora del fallecimiento de este.
Luis se fijó en que el pájaro llevaba un papel en el pico y lo agarró. Cuando
tuvo la nota en su poder el reloj pareció morir como el anciano señor al que
pertenecía, pues sus agujas dejaron de moverse, el cuco dejó de salir y dejó de
escucharse su eterno tic-tac. Luis se sentó en un sofá con las lágrimas
saltadas y su hermana se sentó a su lado.
<<Hijos míos, posiblemente estéis
leyendo esto porque he perdido la cabeza del todo o porque he muerto, pero eso
no es importante. Os escribo esta nota y la pongo en este lugar porque es mi
más fiel mensajero, él me entregaba mis recuerdos a cambio de un poco de
cuidado. Por eso quiero deciros que los conservéis puesto que los recuerdos son
el único Paraíso del que no podemos ser expulsados. Ni siquiera yo con mi
enfermedad he podido ser expulsado del todo gracias a este ángel de madera. Sed
felices y espero que podáis disfrutar de los recuerdos de la vida pues eso es
poder vivir dos veces. >>
Los hermanos se abrazaron y enjuagaron sus
lágrimas, ellos también esperaban poder vivir dos veces.