Despertó sudoroso y
alterado. Otra vez aquel maldito sueño que le perseguía desde que cumpliese los
ocho años. Hacía ya tres meses desde aquella primera visión de sí mismo
manipulando un artefacto extraño con cuerdas, el cual emitía un sonido que le
era totalmente ajeno, pero hermoso y alegre al mismo tiempo. Sin embargo ese
sonido se iba transformando y se teñía de tristeza, de odio…de muerte. Y
entonces llegaba aquel lago negro, más oscuro que una noche sin estrellas ni
luna, un lago tenebroso y negro como ala de cuervo.
Solía despertar al ver aquel lago, lo hacía
siempre agitado, sudando y asustado. No sabía que significaban aquellos sueños,
no reconocía aquel objeto extraño dotado de cuerdas ni el sonido que provocaba
al frotarlo con aquella especie de palo. Pero lo que menos comprendía era ese
lago de pesadilla. Aquel lugar lleno de agua negra le provocaba escalofríos al
recordarlo, sabía que era malo.
Bajó a la cocina automática para que le
sirviese un vaso de agua fresca.
-Cocina, dame un vaso de
agua fría-ordenó el niño.
-Marchando, señor-dijo con
aquella temblorosa voz robótica su cocina.
Un brazo mecánico le ofreció el vaso y el
chico lo cogió. Se fue sin dar las gracias, ¿para qué? No era una persona, sólo
otra estúpida máquina.
Había muchas ya, tantas que era imposible
contarlas todas. Y sin excepción servían al hombre para darle una vida más cómoda
y segura. Corría el año 2221, hacía muchos años ya que el uso de las máquinas
se había vuelto indispensable, el mundo se regía bajo un solo gobierno y las
religiones habían perdido toda su fuerza. Pero eso no era lo único que había
cambiado. La cultura se había perdido, ya no existía nada que probase que La
Tierra había estado llena de sabiduría, de creatividad e imaginación, de ganas
de luchar y vivir, de países diferentes entre sí con creencias y costumbres
distintas. Ya no se escribían grandes historias, llegó un punto en el que todas
se parecían entre sí, no existía nada original. Murieron así los grandes romances,
las épicas batallas, las oscuras intrigas, las hazañas heroicas, los actos de
amor y los dramas más tristes. Lo siguiente en caer fue el séptimo arte, el
cine. La gran pantalla quedó muda al repetir sus historias hasta la saciedad,
estúpidas comedias románticas predecibles, películas de acción sin sentido, e
insulsas películas denominadas obras de arte. Se acabaron las auténticas obras
maestras capaces de emocionar al público, de hacer que se enamorase, que
odiase, que llorase o riese. Por supuesto el arte en forma de pintura también
murió, dejó de tener sentido, no se podía reinventar más y la gente cada vez
era menos creativa debido a la muerte del cine y de la literatura. En el año
2095 se quemaron todas las obras de arte por un decreto del gobierno mundial
que fue acogido con aplausos. Así murió el arte, con un aplauso estremecedor.
Nunca más se vieron obras de Goya, Picasso, Botticelli, Van Gogh, Claude Monet
o Andy Warhol.
Finalmente, algo que había existido desde el
principio de los tiempos, algo que llenaba a las personas, que les podía hacer
sentir de manera distinta a como se sentían, desapareció. La música murió
también, no existían más combinaciones de notas, las canciones eran cada vez
más parecidas entre sí, y la otra alternativa era una distorsión de sonidos que
nada tenía que ver con la música real. Cuando la música agonizaba el gobierno
mundial aprobó otro decreto para prohibirla. Cuando la música murió nadie
lloró, nadie dijo nada, sencillamente se aceptó. No quedaba espíritu combativo
en el alma de la gente, se habían visto privados de todo lo que representaba al
alma humana, los hombres ya no eran hombres, eran otras máquinas, iguales a las
que les servían. Cuando la música fue asesinada, la gente sencillamente miró
para otro lado y olvidó.