martes, 3 de diciembre de 2013

Cuando la música muere (Prólogo)

Despertó sudoroso y alterado. Otra vez aquel maldito sueño que le perseguía desde que cumpliese los ocho años. Hacía ya tres meses desde aquella primera visión de sí mismo manipulando un artefacto extraño con cuerdas, el cual emitía un sonido que le era totalmente ajeno, pero hermoso y alegre al mismo tiempo. Sin embargo ese sonido se iba transformando y se teñía de tristeza, de odio…de muerte. Y entonces llegaba aquel lago negro, más oscuro que una noche sin estrellas ni luna, un lago tenebroso y negro como ala de cuervo.
 Solía despertar al ver aquel lago, lo hacía siempre agitado, sudando y asustado. No sabía que significaban aquellos sueños, no reconocía aquel objeto extraño dotado de cuerdas ni el sonido que provocaba al frotarlo con aquella especie de palo. Pero lo que menos comprendía era ese lago de pesadilla. Aquel lugar lleno de agua negra le provocaba escalofríos al recordarlo, sabía que era malo.
 Bajó a la cocina automática para que le sirviese un vaso de agua fresca.
-Cocina, dame un vaso de agua fría-ordenó el niño.
-Marchando, señor-dijo con aquella temblorosa voz robótica su cocina.
 Un brazo mecánico le ofreció el vaso y el chico lo cogió. Se fue sin dar las gracias, ¿para qué? No era una persona, sólo otra estúpida máquina.
 Había muchas ya, tantas que era imposible contarlas todas. Y sin excepción servían al hombre para darle una vida más cómoda y segura. Corría el año 2221, hacía muchos años ya que el uso de las máquinas se había vuelto indispensable, el mundo se regía bajo un solo gobierno y las religiones habían perdido toda su fuerza. Pero eso no era lo único que había cambiado. La cultura se había perdido, ya no existía nada que probase que La Tierra había estado llena de sabiduría, de creatividad e imaginación, de ganas de luchar y vivir, de países diferentes entre sí con creencias y costumbres distintas. Ya no se escribían grandes historias, llegó un punto en el que todas se parecían entre sí, no existía nada original. Murieron así los grandes romances, las épicas batallas, las oscuras intrigas, las hazañas heroicas, los actos de amor y los dramas más tristes. Lo siguiente en caer fue el séptimo arte, el cine. La gran pantalla quedó muda al repetir sus historias hasta la saciedad, estúpidas comedias románticas predecibles, películas de acción sin sentido, e insulsas películas denominadas obras de arte. Se acabaron las auténticas obras maestras capaces de emocionar al público, de hacer que se enamorase, que odiase, que llorase o riese. Por supuesto el arte en forma de pintura también murió, dejó de tener sentido, no se podía reinventar más y la gente cada vez era menos creativa debido a la muerte del cine y de la literatura. En el año 2095 se quemaron todas las obras de arte por un decreto del gobierno mundial que fue acogido con aplausos. Así murió el arte, con un aplauso estremecedor. Nunca más se vieron obras de Goya, Picasso, Botticelli, Van Gogh, Claude Monet o Andy Warhol.

 Finalmente, algo que había existido desde el principio de los tiempos, algo que llenaba a las personas, que les podía hacer sentir de manera distinta a como se sentían, desapareció. La música murió también, no existían más combinaciones de notas, las canciones eran cada vez más parecidas entre sí, y la otra alternativa era una distorsión de sonidos que nada tenía que ver con la música real. Cuando la música agonizaba el gobierno mundial aprobó otro decreto para prohibirla. Cuando la música murió nadie lloró, nadie dijo nada, sencillamente se aceptó. No quedaba espíritu combativo en el alma de la gente, se habían visto privados de todo lo que representaba al alma humana, los hombres ya no eran hombres, eran otras máquinas, iguales a las que les servían. Cuando la música fue asesinada, la gente sencillamente miró para otro lado y olvidó.