domingo, 6 de marzo de 2016

El pintor de mundos


El sonido de la puerta al ser golpeada con impaciencia le despertó. Sabía por la forma de llamar quien era, un ser que no acostumbraba a necesitar permiso para entrar en ningún sitio, al que nadie hacía esperar. Pero él si podía hacerlo. Con una sonrisa se tomó su tiempo para levantarse e ir a abrirle la puerta a aquel dios que no paraba de aporrear cada vez más furioso aquella simple pieza de madera. “Eso es cabronazo, enfadate, muéstrame tu ira divina”, pensó saboreando su pequeña muestra de poder. Odiaba a ese bastardo de rostro pétreo y carente de emociones, siempre tan altivo y mandón. “James debería dejar de beber”, “James el cuadro tiene que ser más exacto” “James deja de buscar la forma de matarme”. A la mierda él y sus órdenes, seguía siendo un hombre libre. Con desgana abrió la puerta encontrándose frente a frente con aquel ser divino de ojos vacíos y gesto inalterable.
-¿Se puede saber qué diablos quieres a estas horas de la noche?-con una mueca se percató de que había dicho una tontería, donde estaban el tiempo no existía, sólo dormía porque necesitaba seguir sintiéndose humano.
-He venido porque necesitamos que pintes algo…especial.
 Había algo raro en la voz del dios…¿dudaba? Notaba como que estaba…
-¿Acaso tienes miedo de algo Asariel?-preguntó burlón.
-Hay mucho en juego, pintor. Necesitamos un cuadro de una naturaleza excepcional.
 Algo preocupaba de verdad a la divinidad, lo notaba en su voz que normalmente no transmitía el más mínimo sentimiento. James empezó a preocuparse ¿Qué podía llevar al panteón de dioses a tal preocupación?
-Mis cuadros sólo reflejan las cosas que ocurren Asariel. ¿Para qué cojones queréis que os pinte uno “especial?
 El dios exhibió un gesto extraño en su rostro, ¿acaso aquello era una sonrisa?
-Desde luego que eres un mortal estúpido James, aún no te has dado cuenta de nada. Lo que pintas se hace real. Para eso os tenemos a los pintores de mundos, para que dibujéis el destino que queremos.
 La confesión le cayó como una enorme losa. Sabía que había otros pintores pero lo otro. No pintaba lo que ocurría, él daba vida a esos momentos con sus trazos. Todos los muertos…era un asesino.
-¿Qué me habéis hecho hijos de puta?
-Te hemos dado una meta superior en la vida pintorzuelo. Ahora ponte algo decente y sígueme, vamos a reunirnos con el resto de dioses y pintores.

 El resto de dioses, los hermanos divinos de Asariel, al fin iba a conocerlos, con suerte no serían todos unas estatuas parlantes. Además quería conocer al resto de artistas, hacía años que no hablaba con nadie que no fuera su vigilante. Se puso su mejor ropa, escondió su petaca en el bolsillo de su chaqueta y salió tras su carcelero.

viernes, 19 de febrero de 2016

El pintor de mundos

Lamentos de acuarela

Arrojando el vaso de whisky contra el fuego observó furioso el cuadro cuyo ocupante le devolvía la mirada. Esos ojos azules que hacían palidecer al cielo mismo le hacían sentir mal. Era hermoso, increíblemente hermoso, por eso quería destruirlo, quemarlo, hacerlo desaparecer. El mundo era repugnante, no  merecía que la belleza floreciera en él. Pero él no podía hacer nada, sólo era un pintor, alguien que únicamente observaba y retrataba el mundo. Ese había sido el trato. Maldito el día en que vendió su alma. ¿A un demonio? Ojalá. Siempre se habla de la maldad intrínseca en el ser de los habitantes del infierno pero nadie jamás dice una sola palabra sobre la crueldad de los dioses. Empezó a reír desquiciado mientras se servía otra copa, quizás estaba bebiendo demasiado últimamente. Que va, nunca es demasiado. Vació de un solo trago el vaso y contempló una vez más el cuadro que acababa de pintar, ¿por qué era tan bello? Ante él se alzaba un muchacho sonriente  de un pelo tan dorado que podría decirse que el sol había quedado atrapado en esos rizos, con unos ojos azules, brillantes cual zafiros. Si alguna palabra podía definir a aquel joven era ángel. Y le odiaba. Tan feliz y precioso, era injusto. Apartó la mirada del muchacho angelical y se aproximó a otro de sus cuadros que estaba tapado. De un tirón apartó la sábana y dejando al descubierto el horror que capturaba. Cientos de personas huían aterradas, arrastrando a sus seres queridos enfermos o malheridos, de las llamas que se alzaban a sus espaldas. El dolor que reflejaba el cuadro, el miedo y la ira mezcladas con una pena infinita, era un contraste horrible con el retrato de aquel querubín que sonreía inocentemente, ajeno al mal que se desarrollaba en otra parte del mundo. Los dioses no son justos, a las deidades les importamos una mierda, pensó, ellos nos crean y luego pueblan de maldades el mundo, al fin y al cabo esos malvados demonios a los que todos temen son creaciones suyas también. ¿Por qué nos hacen esto? ¿Por qué esas personas se ven forzados a abandonar sus hogares, sucios, heridos, tristes, feos y aquel chico se alza bello y feliz en su ignorancia? Con un gritó cogió la botella de whisky y la arrojó contra la cara del ángel de ojos azules. El cristal estalló, el líquido se desparramó por la pintura, pero esta seguía intacta. Maldijo a los dioses una vez más, primero le arrebataron la posibilidad de crear, de retratar la vida y después le devolvieron las manos únicamente para esposarlas obligándole a ver las alegrías y miserias del mundo, capturándolas en un lienzo. Volvió a reír, que hijos de puta más retorcidos. Se sentó en el suelo, quería beber. Cayendo en la cuenta de que acababa de arrojar su última botella contra el cuadro empezó a soltar carcajadas. Era un puto borracho irascible y desgraciado. Se puso en pie decidido a conseguirse más alcohol. A los dioses no les gustaba que bebiera porque entorpecía sus movimientos y empeoraba sus dibujos, pero que coño sabían los dioses sobre arte.