Lamentos de acuarela
Arrojando el vaso de whisky
contra el fuego observó furioso el cuadro cuyo ocupante le devolvía la mirada.
Esos ojos azules que hacían palidecer al cielo mismo le hacían sentir mal. Era
hermoso, increíblemente hermoso, por eso quería destruirlo, quemarlo, hacerlo
desaparecer. El mundo era repugnante, no
merecía que la belleza floreciera en él. Pero él no podía hacer nada,
sólo era un pintor, alguien que únicamente observaba y retrataba el mundo. Ese
había sido el trato. Maldito el día en que vendió su alma. ¿A un demonio?
Ojalá. Siempre se habla de la maldad intrínseca en el ser de los habitantes del
infierno pero nadie jamás dice una sola palabra sobre la crueldad de los
dioses. Empezó a reír desquiciado mientras se servía otra copa, quizás estaba
bebiendo demasiado últimamente. Que va, nunca es demasiado. Vació de un solo
trago el vaso y contempló una vez más el cuadro que acababa de pintar, ¿por qué
era tan bello? Ante él se alzaba un muchacho sonriente de un pelo tan dorado que podría decirse que
el sol había quedado atrapado en esos rizos, con unos ojos azules, brillantes
cual zafiros. Si alguna palabra podía definir a aquel joven era ángel. Y le
odiaba. Tan feliz y precioso, era injusto. Apartó la mirada del muchacho
angelical y se aproximó a otro de sus cuadros que estaba tapado. De un tirón
apartó la sábana y dejando al descubierto el horror que capturaba. Cientos de
personas huían aterradas, arrastrando a sus seres queridos enfermos o
malheridos, de las llamas que se alzaban a sus espaldas. El dolor que reflejaba
el cuadro, el miedo y la ira mezcladas con una pena infinita, era un contraste
horrible con el retrato de aquel querubín que sonreía inocentemente, ajeno al
mal que se desarrollaba en otra parte del mundo. Los dioses no son justos, a
las deidades les importamos una mierda, pensó, ellos nos crean y luego pueblan
de maldades el mundo, al fin y al cabo esos malvados demonios a los que todos
temen son creaciones suyas también. ¿Por qué nos hacen esto? ¿Por qué esas
personas se ven forzados a abandonar sus hogares, sucios, heridos, tristes,
feos y aquel chico se alza bello y feliz en su ignorancia? Con un gritó cogió
la botella de whisky y la arrojó contra la cara del ángel de ojos azules. El
cristal estalló, el líquido se desparramó por la pintura, pero esta seguía
intacta. Maldijo a los dioses una vez más, primero le arrebataron la
posibilidad de crear, de retratar la vida y después le devolvieron las manos
únicamente para esposarlas obligándole a ver las alegrías y miserias del mundo,
capturándolas en un lienzo. Volvió a reír, que hijos de puta más retorcidos. Se
sentó en el suelo, quería beber. Cayendo en la cuenta de que acababa de arrojar
su última botella contra el cuadro empezó a soltar carcajadas. Era un puto
borracho irascible y desgraciado. Se puso en pie decidido a conseguirse más
alcohol. A los dioses no les gustaba que bebiera porque entorpecía sus
movimientos y empeoraba sus dibujos, pero que coño sabían los dioses sobre
arte.
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