domingo, 6 de marzo de 2016

El pintor de mundos


El sonido de la puerta al ser golpeada con impaciencia le despertó. Sabía por la forma de llamar quien era, un ser que no acostumbraba a necesitar permiso para entrar en ningún sitio, al que nadie hacía esperar. Pero él si podía hacerlo. Con una sonrisa se tomó su tiempo para levantarse e ir a abrirle la puerta a aquel dios que no paraba de aporrear cada vez más furioso aquella simple pieza de madera. “Eso es cabronazo, enfadate, muéstrame tu ira divina”, pensó saboreando su pequeña muestra de poder. Odiaba a ese bastardo de rostro pétreo y carente de emociones, siempre tan altivo y mandón. “James debería dejar de beber”, “James el cuadro tiene que ser más exacto” “James deja de buscar la forma de matarme”. A la mierda él y sus órdenes, seguía siendo un hombre libre. Con desgana abrió la puerta encontrándose frente a frente con aquel ser divino de ojos vacíos y gesto inalterable.
-¿Se puede saber qué diablos quieres a estas horas de la noche?-con una mueca se percató de que había dicho una tontería, donde estaban el tiempo no existía, sólo dormía porque necesitaba seguir sintiéndose humano.
-He venido porque necesitamos que pintes algo…especial.
 Había algo raro en la voz del dios…¿dudaba? Notaba como que estaba…
-¿Acaso tienes miedo de algo Asariel?-preguntó burlón.
-Hay mucho en juego, pintor. Necesitamos un cuadro de una naturaleza excepcional.
 Algo preocupaba de verdad a la divinidad, lo notaba en su voz que normalmente no transmitía el más mínimo sentimiento. James empezó a preocuparse ¿Qué podía llevar al panteón de dioses a tal preocupación?
-Mis cuadros sólo reflejan las cosas que ocurren Asariel. ¿Para qué cojones queréis que os pinte uno “especial?
 El dios exhibió un gesto extraño en su rostro, ¿acaso aquello era una sonrisa?
-Desde luego que eres un mortal estúpido James, aún no te has dado cuenta de nada. Lo que pintas se hace real. Para eso os tenemos a los pintores de mundos, para que dibujéis el destino que queremos.
 La confesión le cayó como una enorme losa. Sabía que había otros pintores pero lo otro. No pintaba lo que ocurría, él daba vida a esos momentos con sus trazos. Todos los muertos…era un asesino.
-¿Qué me habéis hecho hijos de puta?
-Te hemos dado una meta superior en la vida pintorzuelo. Ahora ponte algo decente y sígueme, vamos a reunirnos con el resto de dioses y pintores.

 El resto de dioses, los hermanos divinos de Asariel, al fin iba a conocerlos, con suerte no serían todos unas estatuas parlantes. Además quería conocer al resto de artistas, hacía años que no hablaba con nadie que no fuera su vigilante. Se puso su mejor ropa, escondió su petaca en el bolsillo de su chaqueta y salió tras su carcelero.

viernes, 19 de febrero de 2016

El pintor de mundos

Lamentos de acuarela

Arrojando el vaso de whisky contra el fuego observó furioso el cuadro cuyo ocupante le devolvía la mirada. Esos ojos azules que hacían palidecer al cielo mismo le hacían sentir mal. Era hermoso, increíblemente hermoso, por eso quería destruirlo, quemarlo, hacerlo desaparecer. El mundo era repugnante, no  merecía que la belleza floreciera en él. Pero él no podía hacer nada, sólo era un pintor, alguien que únicamente observaba y retrataba el mundo. Ese había sido el trato. Maldito el día en que vendió su alma. ¿A un demonio? Ojalá. Siempre se habla de la maldad intrínseca en el ser de los habitantes del infierno pero nadie jamás dice una sola palabra sobre la crueldad de los dioses. Empezó a reír desquiciado mientras se servía otra copa, quizás estaba bebiendo demasiado últimamente. Que va, nunca es demasiado. Vació de un solo trago el vaso y contempló una vez más el cuadro que acababa de pintar, ¿por qué era tan bello? Ante él se alzaba un muchacho sonriente  de un pelo tan dorado que podría decirse que el sol había quedado atrapado en esos rizos, con unos ojos azules, brillantes cual zafiros. Si alguna palabra podía definir a aquel joven era ángel. Y le odiaba. Tan feliz y precioso, era injusto. Apartó la mirada del muchacho angelical y se aproximó a otro de sus cuadros que estaba tapado. De un tirón apartó la sábana y dejando al descubierto el horror que capturaba. Cientos de personas huían aterradas, arrastrando a sus seres queridos enfermos o malheridos, de las llamas que se alzaban a sus espaldas. El dolor que reflejaba el cuadro, el miedo y la ira mezcladas con una pena infinita, era un contraste horrible con el retrato de aquel querubín que sonreía inocentemente, ajeno al mal que se desarrollaba en otra parte del mundo. Los dioses no son justos, a las deidades les importamos una mierda, pensó, ellos nos crean y luego pueblan de maldades el mundo, al fin y al cabo esos malvados demonios a los que todos temen son creaciones suyas también. ¿Por qué nos hacen esto? ¿Por qué esas personas se ven forzados a abandonar sus hogares, sucios, heridos, tristes, feos y aquel chico se alza bello y feliz en su ignorancia? Con un gritó cogió la botella de whisky y la arrojó contra la cara del ángel de ojos azules. El cristal estalló, el líquido se desparramó por la pintura, pero esta seguía intacta. Maldijo a los dioses una vez más, primero le arrebataron la posibilidad de crear, de retratar la vida y después le devolvieron las manos únicamente para esposarlas obligándole a ver las alegrías y miserias del mundo, capturándolas en un lienzo. Volvió a reír, que hijos de puta más retorcidos. Se sentó en el suelo, quería beber. Cayendo en la cuenta de que acababa de arrojar su última botella contra el cuadro empezó a soltar carcajadas. Era un puto borracho irascible y desgraciado. Se puso en pie decidido a conseguirse más alcohol. A los dioses no les gustaba que bebiera porque entorpecía sus movimientos y empeoraba sus dibujos, pero que coño sabían los dioses sobre arte.

martes, 3 de diciembre de 2013

Cuando la música muere (Prólogo)

Despertó sudoroso y alterado. Otra vez aquel maldito sueño que le perseguía desde que cumpliese los ocho años. Hacía ya tres meses desde aquella primera visión de sí mismo manipulando un artefacto extraño con cuerdas, el cual emitía un sonido que le era totalmente ajeno, pero hermoso y alegre al mismo tiempo. Sin embargo ese sonido se iba transformando y se teñía de tristeza, de odio…de muerte. Y entonces llegaba aquel lago negro, más oscuro que una noche sin estrellas ni luna, un lago tenebroso y negro como ala de cuervo.
 Solía despertar al ver aquel lago, lo hacía siempre agitado, sudando y asustado. No sabía que significaban aquellos sueños, no reconocía aquel objeto extraño dotado de cuerdas ni el sonido que provocaba al frotarlo con aquella especie de palo. Pero lo que menos comprendía era ese lago de pesadilla. Aquel lugar lleno de agua negra le provocaba escalofríos al recordarlo, sabía que era malo.
 Bajó a la cocina automática para que le sirviese un vaso de agua fresca.
-Cocina, dame un vaso de agua fría-ordenó el niño.
-Marchando, señor-dijo con aquella temblorosa voz robótica su cocina.
 Un brazo mecánico le ofreció el vaso y el chico lo cogió. Se fue sin dar las gracias, ¿para qué? No era una persona, sólo otra estúpida máquina.
 Había muchas ya, tantas que era imposible contarlas todas. Y sin excepción servían al hombre para darle una vida más cómoda y segura. Corría el año 2221, hacía muchos años ya que el uso de las máquinas se había vuelto indispensable, el mundo se regía bajo un solo gobierno y las religiones habían perdido toda su fuerza. Pero eso no era lo único que había cambiado. La cultura se había perdido, ya no existía nada que probase que La Tierra había estado llena de sabiduría, de creatividad e imaginación, de ganas de luchar y vivir, de países diferentes entre sí con creencias y costumbres distintas. Ya no se escribían grandes historias, llegó un punto en el que todas se parecían entre sí, no existía nada original. Murieron así los grandes romances, las épicas batallas, las oscuras intrigas, las hazañas heroicas, los actos de amor y los dramas más tristes. Lo siguiente en caer fue el séptimo arte, el cine. La gran pantalla quedó muda al repetir sus historias hasta la saciedad, estúpidas comedias románticas predecibles, películas de acción sin sentido, e insulsas películas denominadas obras de arte. Se acabaron las auténticas obras maestras capaces de emocionar al público, de hacer que se enamorase, que odiase, que llorase o riese. Por supuesto el arte en forma de pintura también murió, dejó de tener sentido, no se podía reinventar más y la gente cada vez era menos creativa debido a la muerte del cine y de la literatura. En el año 2095 se quemaron todas las obras de arte por un decreto del gobierno mundial que fue acogido con aplausos. Así murió el arte, con un aplauso estremecedor. Nunca más se vieron obras de Goya, Picasso, Botticelli, Van Gogh, Claude Monet o Andy Warhol.

 Finalmente, algo que había existido desde el principio de los tiempos, algo que llenaba a las personas, que les podía hacer sentir de manera distinta a como se sentían, desapareció. La música murió también, no existían más combinaciones de notas, las canciones eran cada vez más parecidas entre sí, y la otra alternativa era una distorsión de sonidos que nada tenía que ver con la música real. Cuando la música agonizaba el gobierno mundial aprobó otro decreto para prohibirla. Cuando la música murió nadie lloró, nadie dijo nada, sencillamente se aceptó. No quedaba espíritu combativo en el alma de la gente, se habían visto privados de todo lo que representaba al alma humana, los hombres ya no eran hombres, eran otras máquinas, iguales a las que les servían. Cuando la música fue asesinada, la gente sencillamente miró para otro lado y olvidó.

miércoles, 27 de junio de 2012

Mi viejo reloj de cuco


Mi viejo reloj de cuco

Santiago miró su reloj de cuco, lo único que aún le despertaba algún recuerdo. No recordaba a sus hijos, ni a su difunta mujer, toda una vida perdida en un agujero provocado por el maldito Alzheimer. Lo único que aún no había caído en las insondables profundidades de aquel hoyo mental era aquel reloj. Y no solo había sobrevivido a la caída si no que le ayudaba a recuperar otros. Por ejemplo aquel reloj le traía a la memoria el nacimiento de su hijo cuyo nombre era… Luis, sí eso era. Sonrió al saber el nombre de su primogénito que hacía años se había largado para hacer su propia vida. El cuco salió de su escondite y cantó señalando que eran las once, eso le hacía evocar otra cosa, el nacimiento de su segunda hija a esa misma hora. ¡Cómo lloró por aquel entonces de la alegría! El pájaro de madera encerrado en aquella casa había sido testigo de casi todos sus buenos momentos. Lo descolgó de la pared para limpiarle el polvo y sacarle brillo a la esfera. Quería aquel aparato, es más, lo necesitaba tanto como un náufrago necesitaba un salvavidas en un embravecido mar. Lo colgó una vez limpio en su habitual lugar de reposo y se fue a dormir.
Al despertar saboreando los momentos felices que le traería su preciado objeto se extrañó de no escuchar su canto a la hora marcada. Buscó desesperado en todos los sitios porque no estaba donde lo había colgado la noche anterior. Aterrorizado temió haber perdido también eso, la cuerda con la que descendía al oscuro pozo de su memoria para rescatar viejas imágenes del pasado. Siguió examinando cada rincón de la casa, pero no aparecía. Una idea iluminó su mente y se dirigió al sótano, su cabeza ya no era lo que fue y posiblemente lo habría dejado allí. Y efectivamente lo encontró. Suspiró aliviado y lo cogió en brazos con un cariño casi paternal.
-Nunca más me vuelvas a hacer esto-le dijo a modo de regañina como si el reloj tuviese la culpa.
Lo colgó otra vez en frente de su sillón y se sentó a observarlo. Más recuerdos eran rescatados de las insondables tinieblas que era ahora su mente. Se veía a sí mismo de rodillas ante su difunta mujer pidiéndole su mano en matrimonio. Se le escapó una carcajada casi infantil al verse correr huyendo de la finca de un ricachón con una sandía bajo el brazo. Buenos y grandes momentos que terminaban ahogados en las cada vez más grandes lagunas de su cabeza. Lloró amargamente por la realidad de este hecho, sentía que le quedaba poco tiempo de vida y no tenía ni siquiera imágenes que añorar. Solo ese animal de caoba. Pensó en llamar a su hijo pero no recordaba su nombre ni su número, ni siquiera tenía la certeza de que fuese un hijo y no una hija. Un mar de lágrimas vertió por las cosas olvidadas, no soportaba vivir sin una vida a la que mirar de vez en cuando, sin nada que extrañar excepto ese mueble que le indicaba la hora. Cogió papel y un lápiz y se puso a escribir una carta, cuando la terminó la puso en el pico del pajarito y así, envuelto en una tristeza que ni siquiera el viejo reloj podría dispersar se acostó deseando que todo volviese.
Al día siguiente se despertó sin saber donde estaba. Esa no era su casa. Bajó hasta el salón andando en un hogar ajeno viendo objetos pertenecientes a otras personas. Se paró un segundo observando el reloj de cuco, creía reconocerlo a pesar de que sabía que era imposible. Miró la hora, solo quedaban unos minutos para que el animal de madera saliese de su escondrijo. Pero no iba a quedarse a verlo pues los dueños de la casa podrían entrar y echarlo así que salió lo más rápido que sus ancianas piernas le permitían. Las doce llegaron y el ave salió de su refugio con el papel en el pico, pero por desgracia no había allí nadie para leer la nota.
Una semana después los hijos de Santiago recogían las pertenencias de su difunto padre, que había huido de su propia casa y había encontrado la muerte al perderse y encontrarse sin un lugar donde refugiarse, sin nada de comer. Y así murió, sin fuerzas. Por suerte llevaba encima una documentación que le identificaban como quien era y llamaron a sus hijos. Y allí se encontraban siete días después cogiendo las cosas de su progenitor. Se encontraban moviendo un enorme armario cuando el objeto más preciado de Santiago marcó las tres, la misma hora del fallecimiento de este. Luis se fijó en que el pájaro llevaba un papel en el pico y lo agarró. Cuando tuvo la nota en su poder el reloj pareció morir como el anciano señor al que pertenecía, pues sus agujas dejaron de moverse, el cuco dejó de salir y dejó de escucharse su eterno tic-tac. Luis se sentó en un sofá con las lágrimas saltadas y su hermana se sentó a su lado.
<<Hijos míos, posiblemente estéis leyendo esto porque he perdido la cabeza del todo o porque he muerto, pero eso no es importante. Os escribo esta nota y la pongo en este lugar porque es mi más fiel mensajero, él me entregaba mis recuerdos a cambio de un poco de cuidado. Por eso quiero deciros que los conservéis puesto que los recuerdos son el único Paraíso del que no podemos ser expulsados. Ni siquiera yo con mi enfermedad he podido ser expulsado del todo gracias a este ángel de madera. Sed felices y espero que podáis disfrutar de los recuerdos de la vida pues eso es poder vivir dos veces. >>
Los hermanos se abrazaron y enjuagaron sus lágrimas, ellos también esperaban poder vivir dos veces.

jueves, 31 de mayo de 2012

Rosas de papel


Rosas de papel
Me acerqué a la valla que separaba nuestros mundos. La vi sentada allí, cabizbaja.
 Al oírme llegar giró la cabeza y mi corazón dio un vuelco. Estaba igual de bella que siempre pero tenía la cara magullada y un ojo morado. Se levantó y se dirigió hacia donde yo estaba, se tambaleaba al andar. Apreté los puños con rabia e impotencia a partes iguales. Estaba enamoradísimo de aquella muchacha pero nuestros mundos eran distintos. Yo era alemán, hijo de uno de esos asquerosos científicos que a diario se movilizaban junto a sus familias hasta algún campo de concentración para así poder aliviar sus sádicas ansias de crear dolor; ella era judía, la más bella de todas las mujeres que yo hubiese conocido. Nadie entendería como un niño como yo, de familia influyente y siendo lo que todos querían ser, se enamoraría de alguien como ella, una de aquellas consideradas ratas, la escoria de Alemania.
   Los ojos verdes de Sarah me atraparon en su brillo esmeralda, su pelo castaño era solo una pelusilla sucia pero que no hacía sino resaltar las joyas de sus ojos. En cuanto a mí, era el puñetero prototipo perfecto alemán, rubio y con los ojos azules.
 Me fijé en que llevaba algo en la mano, parecía un trozo de papel. Le miré con ojos tristes y ella me sonrió haciendo que mi corazón se iluminase. Cuando estuvo enfrente mía me fijé aun más en sus heridas, aunque me sonreía yo sabía que estaba sufriendo. Estiró su brazo y me entregó lo que tenía en la mano. Era una rosa hecha de papel. La miré emocionado y le sonreí con los ojos llenos de lágrimas. Intenté decirle algo pero se llevó un dedo a los labios para pedirme silencio, después me señaló la rosa. Yo miré aquella flor de papel y me fijé en unas letras escritas torpemente sobre aquella obra de arte. A duras penas conseguí descifrar lo que ponía, pero pude leer:
 “Por favor no llores  por mí ya que nublarás el Sol que se abre ante mí cada vez que apareces”
 Dos lágrimas recorrieron mis mejillas. Le intenté sonreír pero en vez de una sonrisa me salió una mueca triste que hizo que sus ojos se enturbiaran, intenté animarla pero un nudo en la garganta me impedía hablar. Aquellos bastardos le habían vuelto a hacer daño, me avergonzaba de mi país, hacía daño a gente inocente como ella.
 Deseaba luchar por nosotros. En ese momento hubiese deseado volar todo aquello por los aires y rescatarla pero sabía que era imposible. Me alejé diciéndole adiós con lágrimas en los ojos y mi corazón se rompió al escuchar su llanto. Aquella noche cogí papel y me dispuse a hacer una rosa como aquella que me había obsequiado, escribí lo que se me ocurría. Terminé pronto y me acosté pensando que a lo mejor mi regalo le haría mucha ilusión y no se fijaría en las aguas que inundarían mis ojos. Cuando me desperté, salté de la cama, cogí la rosa, me vestí, desayuné y fui a nuestra valla, aquella maldita valla que impedía a mi ángel volar libre. La encontré allí sentada como siempre, pero esta vez tenía los hombros hundidos. Jamás a pesar de lo que le hacían le había visto así. Le silbé para que se girase y vi sus ojos enrojecidos por el llanto. Tenía más heridas que el día anterior y parecía muy triste, con ganas de que el mundo acabase. Cuando me vio su cara se iluminó un poco pero seguía con aquella expresión en el rostro. Se acercó a mí y yo le entregué el fruto de mis esfuerzos de la noche anterior. Sonrió y unos, que no supe si eran de alegría o de tristeza, surcos de agua se abrieron camino entre la mugre que cubría su cara, dos barcos acuosos navegando por el más bello rostro. Yo quería abrazarla y preguntarle por qué estaba así pero aquella asquerosa valla me lo impedía. Le pregunté que le había pasado, eso sí podía hacerlo. Me lanzó una mirada temerosa como si yo fuese a tratarle de otra manera por lo que le habían hecho. Yo le dije que podía estar tranquila, yo le querría siempre pasase lo que pasase y que cada herida que aquellos monstruos le infligían me dolía a mí, y que si no sabía que le pasaba me dolería diez veces más. Ella huyó temiendo que si me contaba lo que le había ocurrido hiciese algo malo, alguna locura. Yo me quedé allí plantado, sólo.
 A la mañana siguiente volví pero ella no lo hizo. Grité de rabia e impotencia.
 Aquella noche no dormí nada porque me puse a hacer rosas, margaritas, tulipanes, un variado ramillete de flores de papel. Volví a la valla y no la encontré. Pasó una semana sin que yo la viese hasta que al final la vislumbré allí, igual que siempre, tenía mejor aspecto. El pelo le había crecido un poco pero andaba aún más abatida. Le pregunté que le ocurría y por qué estaba tan bien. Ella me dijo que su pesar y su bienestar estaban producidos por la misma cosa, había estado manteniendo relaciones con uno de los jefes para que ella y su familia tuvieran mejor vida allí dentro.
 Mis ojos se salieron de sus órbitas y mi mandíbula se descolgó en una mueca de profundo asombro. Me quedé así un rato hasta que me di la vuelta y empecé a correr. Ella intentó detenerme pero yo no le hice caso y no paré hasta llegar a mi casa.
 Lleno de ira empecé a pensar que era verdad lo que decían sobre que los judíos eran falsos y traicioneros. Me desahogué soltando un mar de lágrimas ese día y maldije una y otra vez mi inocencia y mi ciega confianza en ella. Estuve así hasta la hora de cenar cuando me sumí en un estado de melancolía e ira en el que solo maldecía a Sarah. Pasaron tres días y una verdad, al igual que un rayo de Sol, hendió los oscuros nubarrones que se habían adueñado de mis pensamientos. Lo que ella había hecho era necesario si quería que las palizas cesaran, además yo no sufriría por ella más y...
 Intentando justificar su comportamiento vi claro lo que ocurría. Ella había intentado separarnos para no dañarme, además si lograba este propósito lo intentaría de manera que ella y su familia saliesen beneficiados. Salté de mi cama dejando atrás la melancolía y el odio, y, cogiendo todas las flores hice un ramo, pero ya era muy tarde para llevárselo. Me acosté pensando en lo que haría al día siguiente.
 Me dirigí a la valla que nos separaba para ver que ella no estaba allí, de todos modos le dejé el ramo porque ya había tomado una decisión. Me fui a la entrada de aquella especie de cárcel donde se trataban a los prisioneros como animales. Me acerqué al guardia y le pedí por las buenas y educadamente, a pesar de las ganas que tenía de reventarle la cara, que me dejase pasar. Cuando me dijo que no podía pasar sin autorización mi puño voló hasta su estómago y cuando se dobló por la cintura le quité la pistola y me zambullí en el interior de aquel lugar. Nada más entrar un horrible olor me golpeó en la cara, pero me daba igual el olor, solo pensaba en ver a mi ángel. Corrí hacia donde creía que estaría ella. Una intensa lluvia empezó a caer sobre mí pero yo solo pensaba en llegar hasta aquel ser que había llenado de luz mis días.
 Me sorprendió ver a tanta gente en fila con el rostro demacrado y en un silencio casi sepulcral solo roto por las risas de aquellos monstruos que les mantenían prisioneros. La mirada de esas personas eran la de gente derrotada, la de la gente que ya no tiene nada y ha aceptado su destino por muy malo que fuese, todos rapados al cero, esperando a entrar en unas habitaciones. Pero yo tuve que ignorarlos a todos con mucho dolor, solo pensaba en una cosa, Sarah, Sarah, Sarah, palpitaban mi corazón y mi mente al unísono. Unos guardias me intentaron detener pero yo les esquivé e incluso les disparé para zafarme de ellos. Me persiguieron y me acribillaron a tiros sin darme, yo solo quería llegar hasta ella. Cuando llegué hasta la cerca solo vi mi ramo de rosas de papel, Sarah no estaba. Me caí al suelo de rodillas y solté la pistola. Ella no estaba. Los guardias dejaron de disparar y cuando se acercaron lo suficiente les pude oír decir:
-Este es de los nuestros, seguro que está borracho.
-Da igual que sea de los nuestros lo mejor será que lo metamos en las cámaras de gas.
 Las cámaras de gas, me horroricé por dentro. Sarah estaría allí a punto de morir y yo correría su misma suerte. Me puse en pie y le pegué un puñetazo en la cara a uno de los guardias, al escuchar el crujido del cartílago de la nariz al rompérselo una sonrisa se extendió por mi cara e intenté enfrentarme a los demás. Estos me dispararon y yo caía al suelo por segunda vez. Me arrastré hacia el ramo de rosas mientras la lluvia lo deshacía. Alcancé el ramo y lo cogí, lo estreché contra mi pecho mientras la vida se escapaba de mi cuerpo, sabía que Sarah estaría exhalando su último aliento al mismo tiempo que yo. A pesar de mi inminente muerte sonreí al pensar que no encontraríamos juntos en algún sitio. Las rosas se tiñeron de rojo y la lluvia empapaba mi cuerpo. Pero ya todo me daba igual me iba a ir y estaríamos juntos.
 Eché un último vistazo a aquel mundo que pronto abandonaría y entonces la vi, estaba de pie observándome horrorizada mientras un comandante nazi le manoseaba y le decía cosas al oído, pero ella no le prestaba atención, sus ojos inundados en un mar de salada tristeza estaban centrados en mí.
 Con mi sangre decidí escribir un último mensaje en aquellas rosas de papel ahora rojas.
“Juntos para siempre...”
FIN

sábado, 19 de mayo de 2012

¿Qué soy?


¿Qué soy?

<<Me llamo Sandra, o eso me han dicho los doctores. Soy muy pequeña y tengo un pelo largo y de color negro que, según  Z, es muy bonito.
 Siempre me pongo ropa parecida, es un pijama blanco, todo el mundo lo lleva y a mí me gusta mucho.
 Los doctores dicen que me encontraron en la calle porque mis papás me habían abandonado y que ellos son mi nueva familia. Por eso no estoy triste y soy muy feliz aquí.
 Vivo en una habitación yo sola. Esta no tiene ventanas y la luz del techo está todo el día encendida como si fuese el Sol. A veces echo de menos juguetes en mi habitación y otras cosas a parte de mi cama, pero me da igual porque para eso tengo la sala de juegos. Hay muchas habitaciones como la mía por todo un pasillo muy largo. Z me dijo que a eso se le llamaba hilera. Al final está la sala para curarse. Yo nunca he estado allí pero si te duele algo te llevan y te curan y ya no vuelves más a las habitaciones cuando te encuentras bien, porque encuentras otra casa, por eso estamos aquí.
 El otro día mi amigo Isaac se puso malito de la barriga y se lo llevaron al fondo del pasillo para curarle, los médicos nos dijeron que no volveríamos a verle porque estaba bien y se iba a otra casa. Nos pusimos muy tristes al saber que se había ido, pero los doctores nos dieron unos caramelos y se nos pasó.
 Ayer mis dos amigos, Laura y Damián, se empezaron a pelear. Yo les dije que parasen, pero empezaron a darse golpes y a hacerse pupa. Yo lloré mucho y llegaron los doctores. Al ver a mis amigos pelearse los separaron y los llevaron a la sala donde se castiga a los niños malos, también al fondo del pasillo.
            Me he dado cuenta de que ya nadie viene a jugar a la habitación de los juguetes y he ido a preguntárselo a un médico. Me ha dicho que todos se han ido y que se han puesto malitos muchos, así que yo estoy sola.
 Esta noche he dormido mal porque la cabeza me dolía un poco pero se me ha pasado. Se lo he dicho a mi amigo Z que es el médico que me cuida. Él se ha ido corriendo a algún sitio y me ha dejado sola en mitad del pasillo. He ido a explorar hasta el fondo y he encontrado tres puertas, una era la de la sala de castigos, la otra la de la sala de curas y la otra no sabía cuál era. He abierto la puerta desconocida y he visto una sala muy grande con mucha gente que dormía. Me iba a acercar a uno cuando el señor Z me ha cogido y me ha llevado a mi cuarto. Me ha regañado y me ha dicho que nunca más entre en esa habitación. Yo le he preguntado que si era para no despertar a la gente y él me ha dicho que sí. Después se ha ido dejándome sola otra vez. >>

-Señor la niña que queda ha sentido dolor de cabeza pero se le ha pasado, creo que hemos encontrado lo que queríamos-dijo Z tras haber hablado con Sandra.
-Bien, bien-dijo su jefe volviéndose-entonces nuestro experimento va siendo un éxito. Z quiero que vayas y vigiles a la niña. Pero primero ve a la sala de cadáveres-dijo sonriendo-, veo que se ha metido allí, es una niña muy curiosa.
 Z palideció y salió corriendo del despacho de su jefe. No sabía cómo podía estar tan tranquilo sabiendo que si la niña descubría los cadáveres posiblemente su plan se iría al garete. La encontró acercándose al cadáver más reciente, el de un muchacho que se había peleado con otra chica, habían sufrido el brote violento de el experimento. Cogió a Sandra y se la llevó a la habitación.
-Sandra, no debes entrar en esa habitación nunca-dijo enfadado el doctor.
-¿Es por qué podría despertar a los que duermen?-preguntó inocentemente.
 El científico sonrió para sí, que inocencia irradiaba esa niña, no sospechaba los oscuros ardides que se planeaban a su alrededor.
-Exacto, no querrás que se despierten.
 La niña asintió y Z satisfecho salió del cuarto.
            Ellos experimentaban con niños para descubrir un elixir de la vida eterna, por eso los científicos debían ser fríos, pues jugaban con la vida de niños inocentes que o secuestraban o cogían de orfanatos, Sandra había sido secuestrada. Z había sido escogido para custodiar y ocuparse de la experimentación de la niña. Pero él no era tan frío como sus compañeros, sentía lástima por los niños pero no dejaba de experimentar, la necesidad de descubrir era mayor que la compasión.
            Ya habían muerto cincuenta, unos por los dolores, el brote doloroso lo llamaban, al niño empezaba a dolerle la cabeza o el estómago, ninguno había sobrevivido excepto Sandra. Después estaba el nuevo brote llamado brote violento debido a que los niños se peleaban, después su corazón se paraba, de estos habían muerto solo cinco niños. Los cadáveres los metían todos en el mismo sitio, la sala en la que había entrado su niña. Su jefe un anciano ya, era el que había empezado el proyecto hacía una eternidad, a finales de la Segunda Guerra Mundial. Empezaron a experimentar con animales, pero al ver que era insuficiente en 1985 empezaron con los niños. Así hasta 2009 y ahora habían descubierto a una niña que no había muerto de un brote. Sus planes iban bien y dejarían que la niña creciese para ver cómo evolucionaba, si no pasaba nada pasarían a la segunda fase. Z pensó que deberían deshacerse de los cadáveres y empezar a traer nuevos niños para seguir experimentando pero estos debían encontrarse en plena adolescencia, pues se encontraban en constante cambio.
 Pasó un tiempo y empezaron a llegar adolescentes que se temían algo, pero no sabían que ocurría del todo, aún así les daba igual. Eran marginados o niños que se habían fugado de casa, también cogían huérfanos. Las experimentaciones empezaron rápido y los adolescentes comenzaron a caer uno a uno bajo las infernales manos de los médicos.

<<Hace unos días empezaron a llegar nuevos niños más grandes que yo. No están muy felices pero seguro que cuando pase un tiempo aquí empiezan a sentirse mejor. He intentado jugar con uno de ellos pero este me ha dicho que no jugaba con mocosas. Me he puesto muy triste y me he ido a un rincón a llorar. Cuando he visto a mi amigo Z se lo he dicho y me ha prometido regañar al niño y llevárselo a la sala de castigos. Yo me he puesto muy contenta y le he dado las gracias como me ha enseñado. Esta noche me he acordado del chico y me he enfadado mucho tanto que hubiese querido pegarle, pero después me he tranquilizado, se lo he contado a Z y otra vez se ha ido corriendo.
 Hoy no he visto al nuevo niño y me alegro de que lo hayan castigado, se lo merecía por ser malo conmigo. Muchos se han puesto malitos, pero había otros  que se peleaban entre ellos. Se los han llevado a todos y nos hemos quedado solos yo, una chica muy guapa que se llama Raquel y un chico muy majo llamado Alberto. Los dos como yo, han tenido dolor en la cabeza pero se les ha pasado.
 Los doctores ahora nos cuidan a todos y han empezado a traer a otros doctores, pero los meten en habitaciones y no les dan batas blancas. A mí me gustan mucho las batas blancas.
 Esta noche he empezado a escuchar unas voces pero enseguida se han callado, he pasado mucho miedo. Se lo he dicho a Z y este se ha vuelto a ir otra vez, no sé por qué cuando le cuento algo hace eso.
            Hoy he sentido curiosidad por saber a dónde iba con tantas prisas y he llegado a una puerta muy fría que se habría y se cerraba de lado, había unos botones y yo toqué uno. La puerta se abrió y vi que no había nadie. Entré por la puerta a una habitación muy pequeñita, en una de las paredes había más botoncitos y yo toqué el de más abajo que era al que llegaba. Empecé a subir y llegué a un pasillo más pequeño que el de donde estaban las habitaciones. Caminé un poco y encontré una puerta, la abrí con cuidado y vi a Z y a un señor con el pelo gris y la cara arrugada hablando.
-La niña ha sufrido un brote nuevo, dice que ha escuchado voces esta noche-dijo Z-pero que se han callado.
-Pues entonces eso significa que el experimento tiene más brotes y que la niña está evolucionando-el hombre se paró y me miró-mira a quien tenemos aquí, cógela Z.
 El doctor se dio la vuelta y se dirigió hacia a mí, yo no entendía nada de experimentos pero supuse que me curarían para que no escuchase voces. Me cogió en brazos y me dio un caramelo. Sentí mucho cansancio y creo que me dormí, desperté en mi habitación, yo no sabía que había pasado, creía que me habrían curado y me puse muy feliz, al día siguiente le di las gracias a Z.
 Me he fijado en que los nuevos doctores se han ido todos excepto Tina, Dante, Luis y Diana. Habrán ido a otro sitio.
 Hoy hemos jugado todos juntos y nos lo hemos pasado muy bien, soy muy feliz aquí y quiero quedarme para siempre. >>
Con el tiempo Sandra se fijó en que todo el mundo empezaba a tener pelo blanco y la cara arrugada, como el señor que había estado hablando con Z, y que cada vez tenían menos ganas de jugar y se cansaban muy rápido a veces incluso se dormían.
Un día, el ya anciano Z se despertó sintiendo un enorme cargo de conciencia. No podía creerse que tras tantos años experimentando sin sentir un ápice de compasión de repente se odiase a sí mismo por lo que les había hecho a tantas personas. Pero sobre todo se odió por lo que le había hecho a Sandra, su pequeña Peter Pan. Cuantas veces le había preguntado con sus inocentes ojos mirándole por qué le salían arrugas y por qué su pelo dejaba de tener color. Algo tan puro como el corazón de aquella niña debía ser liberado, tenía que mostrarle el mundo fuera de esas paredes. Así pues con paso decidido fue hacía las instalaciones y cogió de la mano a la niña sin dar respuestas a sus preguntas. Eludió hábilmente a los guardias y a los científicos. Cuando podía ver la luz que indicaba la salida escuchó como las alarmas saltaban. Lo habían descubierto. Aceleró el paso más hasta que se puso a correr sin escuchar las súplicas de la niña ni sus quejas. Escuchó mucho escándalo detrás de él cuando por fin sintió el aire en su cara y notó como la niña enmudecía de repente. Asustado le miró, pero sólo estaba sorprendida. Por primera vez desde hacía años veía el exterior. Sintiéndose feliz por primera vez desde que había empezado aquel trabajo cogió en brazos a la niña y se la llevó a su coche. Arrancó viendo salir a su nuevo jefe y a dos guardias con él. Sandra y el alma de Z ya podrían ser libres.

 Tres días después en un pequeño motel el científico murió acribillado por las balas de aquellos a los que hacía menos de unas semanas consideraba amigos. Había ocurrido antes de poder abrir la puerta de la habitación que acababa de alquilar para esconderse junto a Sandra. Con lágrimas en los ojos vio como se llevaban a la niña que no soltó ni una protesta y que se iba feliz diciendo que aquel sitio que su amigo el doctor Z le había enseñado no le gustaba tanto como su antigua casa porque pasaban demasiadas cosas malas. Z pensó que tal vez aquella niña tenía razón, el mundo que entre él y sus compañeros le habían fabricado, tan blanco y limpio en la superficie era justo lo que Sandra necesitaba, por muy monstruoso que fuese en realidad. Pensando en esto Zacarías Yáñez, su auténtico nombre, murió en paz consigo mismo.

Una historia celestial


Una historia celestial
Lo miro todo desde mi altura. ¡Bah! Aquel sitio ya no me merece la pena. Debería enviarles otro diluvio, sí eso haría que se lo están ganando. Yo Dios me siento en mi celestial trono a pensar. Desde que los había creado, los humanos, no me han causado más que problemas. Se están cargando lo que yo con tanto esfuerzo he hecho. Primero creo el contorno, como ponía en las instrucciones, después ponle día, noche, tierra, mar, aire, muchas cosas vamos. Luego ponía, rellenar con animales y plantas. Y ya está hecho el mundo, pero nooo, tuve que hacerles caso a los ángeles. “Señor crea a unos seres igual que nosotros pero sin alas” me dijeron con sus vocecitas y voy yo y creo a los humanos, un hombre llamado Adán y una mujer llamada Eva. Craso error juntarlos. Lo primero que les digo, “no comáis del fruto prohibido”, pues nada como si no escuchasen van y se comen el fruto, pero no uno, dejaron el árbol sin frutas casi. Los expulsé del Paraíso por si acaso y a la serpiente esa que se arrastrase sobre su vientre por toda la eternidad a ver si aprendía. Les dejé fuera con algún animal y alguna que otra planta, pero claro los unicornios estaban muy buenos y se los tuvieron que zampar a todos, yo por mi parte no los volví a crear, ¿para qué? Luego tuvieron hijos porque si no se morirían y los humanos dejarían de existir. Les di otra oportunidad, a lo mejor estos son más buenos que sus padres, me dije. Abel era un primor de muchacho, pero Caín, como los padres, Adán solía decir que había salido a la madre y eso originó algunas discusiones domésticas. Al final Caín se cargó al hermano muerto de envidia. Para uno primoroso que tengo y lo matan, vaya. Así durante las generaciones venideras los humanos me han  decepcionado muchas veces, hasta que una vez me cabreé muchísimo y les mandé el diluvio, dejando a Noé y a su familia vivos para que salvasen a los animales. Otro error, debería haber metido a Noé sólo desde el principio. “Señor, hombre sálvelos” me dice un ángel, y yo vaaale. Así la especie se perpetuó y los humanos se han extendido y extendido y siempre que intentao cargármelos porque estaoy enfadado, vienen los ángeles y “no señor, no lo haga” o “pobrecitos ¿no les da pena?”
 Así una y otra vez estos han salvado a mi imperfecta creación, es que los humanos no vienen con manual de instrucciones.