Rosas
de papel
Me acerqué a la valla que separaba nuestros mundos. La vi
sentada allí, cabizbaja.
Al oírme llegar giró
la cabeza y mi corazón dio un vuelco. Estaba igual de bella que siempre pero
tenía la cara magullada y un ojo morado. Se levantó y se dirigió hacia donde yo
estaba, se tambaleaba al andar. Apreté los puños con rabia e impotencia a
partes iguales. Estaba enamoradísimo de aquella muchacha pero nuestros mundos
eran distintos. Yo era alemán, hijo de uno de esos asquerosos científicos que a
diario se movilizaban junto a sus familias hasta algún campo de concentración
para así poder aliviar sus sádicas ansias de crear dolor; ella era judía, la
más bella de todas las mujeres que yo hubiese conocido. Nadie entendería como
un niño como yo, de familia influyente y siendo lo que todos querían ser, se
enamoraría de alguien como ella, una de aquellas consideradas ratas, la escoria
de Alemania.
Los ojos verdes de Sarah me atraparon en su
brillo esmeralda, su pelo castaño era solo una pelusilla sucia pero que no
hacía sino resaltar las joyas de sus ojos. En cuanto a mí, era el puñetero
prototipo perfecto alemán, rubio y con los ojos azules.
Me fijé en que llevaba
algo en la mano, parecía un trozo de papel. Le miré con ojos tristes y ella me
sonrió haciendo que mi corazón se iluminase. Cuando estuvo enfrente mía me fijé
aun más en sus heridas, aunque me sonreía yo sabía que estaba sufriendo. Estiró
su brazo y me entregó lo que tenía en la mano. Era una rosa hecha de papel. La
miré emocionado y le sonreí con los ojos llenos de lágrimas. Intenté decirle
algo pero se llevó un dedo a los labios para pedirme silencio, después me
señaló la rosa. Yo miré aquella flor de papel y me fijé en unas letras escritas
torpemente sobre aquella obra de arte. A duras penas conseguí descifrar lo que
ponía, pero pude leer:
“Por favor no llores por mí ya que nublarás el Sol que se abre ante
mí cada vez que apareces”
Dos lágrimas
recorrieron mis mejillas. Le intenté sonreír pero en vez de una sonrisa me
salió una mueca triste que hizo que sus ojos se enturbiaran, intenté animarla
pero un nudo en la garganta me impedía hablar. Aquellos bastardos le habían
vuelto a hacer daño, me avergonzaba de mi país, hacía daño a gente inocente
como ella.
Deseaba luchar por
nosotros. En ese momento hubiese deseado volar todo aquello por los aires y
rescatarla pero sabía que era imposible. Me alejé diciéndole adiós con lágrimas
en los ojos y mi corazón se rompió al escuchar su llanto. Aquella noche cogí
papel y me dispuse a hacer una rosa como aquella que me había obsequiado,
escribí lo que se me ocurría. Terminé pronto y me acosté pensando que a lo
mejor mi regalo le haría mucha ilusión y no se fijaría en las aguas que
inundarían mis ojos. Cuando me desperté, salté de la cama, cogí la rosa, me
vestí, desayuné y fui a nuestra valla, aquella maldita valla que impedía a mi
ángel volar libre. La encontré allí sentada como siempre, pero esta vez tenía
los hombros hundidos. Jamás a pesar de lo que le hacían le había visto así. Le
silbé para que se girase y vi sus ojos enrojecidos por el llanto. Tenía más
heridas que el día anterior y parecía muy triste, con ganas de que el mundo
acabase. Cuando me vio su cara se iluminó un poco pero seguía con aquella
expresión en el rostro. Se acercó a mí y yo le entregué el fruto de mis
esfuerzos de la noche anterior. Sonrió y unos, que no supe si eran de alegría o
de tristeza, surcos de agua se abrieron camino entre la mugre que cubría su
cara, dos barcos acuosos navegando por el más bello rostro. Yo quería abrazarla
y preguntarle por qué estaba así pero aquella asquerosa valla me lo impedía. Le
pregunté que le había pasado, eso sí podía hacerlo. Me lanzó una mirada
temerosa como si yo fuese a tratarle de otra manera por lo que le habían hecho.
Yo le dije que podía estar tranquila, yo le querría siempre pasase lo que
pasase y que cada herida que aquellos monstruos le infligían me dolía a mí, y
que si no sabía que le pasaba me dolería diez veces más. Ella huyó temiendo que
si me contaba lo que le había ocurrido hiciese algo malo, alguna locura. Yo me
quedé allí plantado, sólo.
A la mañana siguiente
volví pero ella no lo hizo. Grité de rabia e impotencia.
Aquella noche no dormí
nada porque me puse a hacer rosas, margaritas, tulipanes, un variado ramillete
de flores de papel. Volví a la valla y no la encontré. Pasó una semana sin que
yo la viese hasta que al final la vislumbré allí, igual que siempre, tenía
mejor aspecto. El pelo le había crecido un poco pero andaba aún más abatida. Le
pregunté que le ocurría y por qué estaba tan bien. Ella me dijo que su pesar y
su bienestar estaban producidos por la misma cosa, había estado manteniendo
relaciones con uno de los jefes para que ella y su familia tuvieran mejor vida
allí dentro.
Mis ojos se salieron
de sus órbitas y mi mandíbula se descolgó en una mueca de profundo asombro. Me
quedé así un rato hasta que me di la vuelta y empecé a correr. Ella intentó
detenerme pero yo no le hice caso y no paré hasta llegar a mi casa.
Lleno de ira empecé a
pensar que era verdad lo que decían sobre que los judíos eran falsos y
traicioneros. Me desahogué soltando un mar de lágrimas ese día y maldije una y
otra vez mi inocencia y mi ciega confianza en ella. Estuve así hasta la hora de
cenar cuando me sumí en un estado de melancolía e ira en el que solo maldecía a
Sarah. Pasaron tres días y una verdad, al igual que un rayo de Sol, hendió los
oscuros nubarrones que se habían adueñado de mis pensamientos. Lo que ella
había hecho era necesario si quería que las palizas cesaran, además yo no sufriría
por ella más y...
Intentando justificar
su comportamiento vi claro lo que ocurría. Ella había intentado separarnos para
no dañarme, además si lograba este propósito lo intentaría de manera que ella y
su familia saliesen beneficiados. Salté de mi cama dejando atrás la melancolía
y el odio, y, cogiendo todas las flores hice un ramo, pero ya era muy tarde
para llevárselo. Me acosté pensando en lo que haría al día siguiente.
Me dirigí a la valla
que nos separaba para ver que ella no estaba allí, de todos modos le dejé el
ramo porque ya había tomado una decisión. Me fui a la entrada de aquella
especie de cárcel donde se trataban a los prisioneros como animales. Me acerqué
al guardia y le pedí por las buenas y educadamente, a pesar de las ganas que
tenía de reventarle la cara, que me dejase pasar. Cuando me dijo que no podía
pasar sin autorización mi puño voló hasta su estómago y cuando se dobló por la
cintura le quité la pistola y me zambullí en el interior de aquel lugar. Nada
más entrar un horrible olor me golpeó en la cara, pero me daba igual el olor,
solo pensaba en ver a mi ángel. Corrí hacia donde creía que estaría ella. Una
intensa lluvia empezó a caer sobre mí pero yo solo pensaba en llegar hasta aquel
ser que había llenado de luz mis días.
Me sorprendió ver a
tanta gente en fila con el rostro demacrado y en un silencio casi sepulcral
solo roto por las risas de aquellos monstruos que les mantenían prisioneros. La
mirada de esas personas eran la de gente derrotada, la de la gente que ya no
tiene nada y ha aceptado su destino por muy malo que fuese, todos rapados al
cero, esperando a entrar en unas habitaciones. Pero yo tuve que ignorarlos a
todos con mucho dolor, solo pensaba en una cosa, Sarah, Sarah, Sarah,
palpitaban mi corazón y mi mente al unísono. Unos guardias me intentaron
detener pero yo les esquivé e incluso les disparé para zafarme de ellos. Me
persiguieron y me acribillaron a tiros sin darme, yo solo quería llegar hasta
ella. Cuando llegué hasta la cerca solo vi mi ramo de rosas de papel, Sarah no
estaba. Me caí al suelo de rodillas y solté la pistola. Ella no estaba. Los
guardias dejaron de disparar y cuando se acercaron lo suficiente les pude oír
decir:
-Este es de los nuestros, seguro que está borracho.
-Da igual que sea de los nuestros lo mejor será que lo
metamos en las cámaras de gas.
Las cámaras de gas, me
horroricé por dentro. Sarah estaría allí a punto de morir y yo correría su
misma suerte. Me puse en pie y le pegué un puñetazo en la cara a uno de los
guardias, al escuchar el crujido del cartílago de la nariz al rompérselo una
sonrisa se extendió por mi cara e intenté enfrentarme a los demás. Estos me
dispararon y yo caía al suelo por segunda vez. Me arrastré hacia el ramo de
rosas mientras la lluvia lo deshacía. Alcancé el ramo y lo cogí, lo estreché
contra mi pecho mientras la vida se escapaba de mi cuerpo, sabía que Sarah
estaría exhalando su último aliento al mismo tiempo que yo. A pesar de mi
inminente muerte sonreí al pensar que no encontraríamos juntos en algún sitio.
Las rosas se tiñeron de rojo y la lluvia empapaba mi cuerpo. Pero ya todo me
daba igual me iba a ir y estaríamos juntos.
Eché un último vistazo
a aquel mundo que pronto abandonaría y entonces la vi, estaba de pie
observándome horrorizada mientras un comandante nazi le manoseaba y le decía
cosas al oído, pero ella no le prestaba atención, sus ojos inundados en un mar
de salada tristeza estaban centrados en mí.
Con mi sangre decidí
escribir un último mensaje en aquellas rosas de papel ahora rojas.
“Juntos para siempre...”
FIN
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